Momo solo escuchaba.
Quince años en educación, una conversación que no se me olvida y un cuento infantil. Por qué existe Momori.
Hay un libro de Michael Ende sobre una niña llamada Momo. Momo no tiene poderes. No resuelve los problemas de nadie. Lo único que hace es escuchar. Los vecinos van a buscarla cuando andan perdidos o tristes y se van sintiéndose mejor, aunque ella casi no haya hablado. Su don es la atención.
El libro es, en realidad, sobre el tiempo. Sobre unos hombres grises que convencen al pueblo entero de ahorrarlo. De apurarse, de ser más eficientes, de no desperdiciar ni un minuto, y sobre cómo, mientras más tiempo ahorran, menos vida les queda. Ende lo dice sin rodeos: el tiempo es vida.
Guarda ese cuento un momento. Quiero contarte una conversación.
"No poder pasar más tiempo con los niños"
Llevo quince años trabajando en educación, a mi también me llamaron “tío” unas pequeñas voces ansiosas de aprender. Trabajé con líderes educativos, con docentes, con educadoras, con comunidades completas. En algún momento de estos años me acostumbré a hacer siempre la misma pregunta cuando me siento con alguien que dirige un establecimiento: ¿cuál es hoy tu mayor dolor?
Uno espera respuestas financieras, de matrícula, de equipo. Un director me respondió otra cosa.
"No poder pasar más tiempo con los niños."
Me lo dijo sin dramatismo, casi como un dato. Su día se le iba en redactar comunicados, en gestionar al equipo, en cerrar la matrícula del año en curso mientras ya empezaba la del siguiente, en las cien decisiones chicas que sostienen una escuela en pie. Nada de eso es prescindible. Todo eso hay que hacerlo. Pero ninguna de esas cosas es la razón por la que él entró a la educación.
Esa frase se me quedó dando vueltas mucho tiempo. Porque le puso nombre a algo que llevaba años viendo sin poder nombrar: la distancia entre la vocación y el día.
El desafío que no se ve
Desde afuera, un jardín infantil o una escuela de lenguaje parece un lugar simple. Niños, juegos, canciones, una sala con colores.
Adentro es otra cosa. Es organización. Es responsabilidad legal. Es planificación, monitoreo, evaluación. Es una cadena de decisiones diarias y constantes, muchas tomadas en dos segundos y con consecuencias reales.
Y todo eso ocurre sostenido por algo que ninguna normativa exige y que sin embargo está siempre ahí: un cariño genuino por esos niños y el deseo profundo de despertar lo máximo que hay en cada uno.
No sólo en lo que aprende. En cómo se expresa artísticamente. En cómo se ve a sí mismo. En cómo se relaciona con otros. En cómo explora el mundo que lo rodea. En cómo se mueve, y en todo lo que es capaz de hacer con su cuerpo y con sus manos.
Eso es lo que sostiene una educadora, una directora, un equipo completo. Y es, casi siempre, invisible.
Del otro lado también
Hace un tiempo esto dejó de ser solo profesional. Soy papá de una niña hermosa que va a un jardín infantil, y como apoderado me tocó estar del otro lado de estas plataformas.
Lo que encontré fue una pantalla plana. Estática. Reportes que llegan sin contexto. Un sistema que me pide confirmar que leí ¡A mí! Que soy la persona más interesada del mundo en lo que le pasa a mi hija.
Y el resultado previsible: el jardín termina usando WhatsApp, correo y papel igual. La herramienta no reemplazó el desorden. Se sumó a él.
Ahí entendí algo que hoy funciona casi como regla entre nosotros en Momori: la herramienta tiene que estar al servicio del desafío real, no del que yo creo que existe. Es una distinción incómoda, porque obliga a aceptar que uno puede estar equivocado. Llevo quince años en esto y aun así no sé lo que pasa en una sala a las cuatro de la tarde de un martes. Esa información no está en mi cabeza. Está en la de la educadora.
Una solución humana en un mundo digital
Creemos que una plataforma solo va a servir en la medida en que no pierda su dimensión humana. Que te hable una persona. Que esa persona conozca tu establecimiento, haya estado ahí, sepa cómo se llaman. Que escuche lo que necesitas sin apurarte y sin simplificar el problema para que quepa dentro de la solución que ya traía preparada.
Cada jardín, cada sala cuna, cada escuela de lenguaje es un universo en sí mismo: sus sistemas, sus estructuras, sus interacciones, su comunidad, sus profesionales.
Ser humanos en esto significa escuchar, entender, analizar e iterar. Entender los ciclos, los ritos y las metodologías antes de proponer nada. Y recién después, diseñar en conjunto.
Así lo hemos hecho hasta acá —conversando con jardines y escuelas, con dueñas, con directoras, con educadoras, con retroalimentación constante. Y así pretendemos seguir.
Cuatro caminos, la misma conclusión
Somos un equipo diverso, igual que lo es un jardín infantil o una escuela de lenguaje. Yo vengo del mundo de la educación y la gestión. Julio, del desarrollo tecnológico. Amanda, del diseño y la experiencia de usuario. Cassandra, de los negocios y el marketing.
Lo interesante es que cada uno llegó por su cuenta, desde su propio camino, a la misma conclusión: lo que hay hoy no basta. Y ninguno se queda tranquilo hasta que la vara suba.
Hay una pregunta que nos hacemos seguido, y que todavía no tiene una buena respuesta:
¿Cómo puede una educadora o una directora sostener altas expectativas sobre sus niños y niñas, si la herramienta con la que trabaja todos los días le entrega apenas lo justo y necesario?
Por eso Momori
El nombre viene de ahí. Del cuento.
Momori no es un sistema de productividad. No queremos que las educadoras hagan más cosas en menos tiempo; los hombres grises ya intentaron eso y sabemos cómo termina.
Queremos devolverles el tiempo. El que hoy se pierde en lo administrativo, en buscar lo que no está, en escribir dos veces lo mismo. Para que puedan hacer lo que hacía Momo: estar, mirar, escuchar. Hacer sentir bien a alguien con nada más que su atención.
Menos papeleo es más tiempo para estar.
Eso es lo que nos trajo hasta acá.
Francisco Contreras — cofundador de Momori