Quiero un robot que lave la loza
Desde hace unos años anhelo una vida más lenta. Poder demorarme, insistir en mis rituales cotidianos con empeño, contemplar la vida que ocurre a mi alrededor sin sentir que pierdo el tiempo. Sabemos, sin embargo, que el ritmo actual nos empuja más bien a lo opuesto: hacer más, sentir poco, equivocarnos menos. Mientras más me conozco, más incomodidad me genera ese contraste entre cómo necesito vivir y cómo puedo hacerlo.
Cuando nació mi hija, esta tensión se hizo evidente. El puerperio tiñe la percepción de todo, incluido el paso del día, pero con la distancia de haber salido de esa etapa hace unos años, puedo decir con certeza que convertirme en madre me enseñó a relacionarme con el tiempo de otra manera, mucho más compleja. Ahora sé que una tarde a solas puede ser eterna si tengo una torre de ropa por doblar, mientras pienso qué cocinar mañana y trato de pedir hora para sus próximas vacunas. Y, al mismo tiempo, los años en que pudimos dormir la siesta juntas pasaron demasiado rápido, y la mochila de porteo tuvimos que regalarla antes de lo que hubiera querido, porque ya le quedaba chica.
Esa distorsión me hizo dudar de que el tiempo, medido en horas, fuera la métrica correcta. Si un día podía sentirse eterno y vacío, y otro breve y pleno, la diferencia no estaba en cuánto duraba, sino en otra cosa.
Entonces fui entendiendo algo que, de alguna manera, siempre intuí: lo que realmente profundiza el vínculo con mi hija es la presencia. Puedo ser consciente de la importancia de dedicarle tiempo y adaptar mi estilo de vida para tratar de estar la mayor cantidad de horas al día con ella, pero si no estoy realmente presente, no alcanza. Se puede estar en la misma habitación y estar en otra parte. Se puede jugar y seguir resolviendo, en la cabeza, la lista de todo lo demás.
Y ella, como todos los niños, se da cuenta. No necesita que le explique que estoy pensando en otra cosa, lo nota en la velocidad con que respondo, en si la miro a los ojos o miro por sobre su hombro, en si mi silencio es de quien escucha o de quien espera que termine para volver a lo suyo. Confundimos fácilmente tiempo con presencia.
En desarrollo infantil existe el concepto de interacciones de ida y vuelta, esos pequeños intercambios donde un niño busca la mirada o la respuesta de un adulto y la encuentra, o no. Cada vez que la encuentra, algo se refuerza: que el mundo responde, que ella importa, que no está sola en lo que siente. Cada vez que no la encuentra, aunque el adulto esté físicamente ahí, ese circuito se corta.
Se puede estar en la misma habitación y estar en otra parte.
Y ahí está el problema. La presencia se ve constantemente interrumpida por la carga mental, ese trabajo invisible que es sostener en la cabeza todo lo que hay que hacer: anticipar, planificar, recordar, decidir. Eso que no se ve, pero que ocupa espacio todo el tiempo: no es lavar la ropa, es calcular cuándo hacerlo, tener presente qué le está quedando chico, y no olvidar el detergente antes de que se acabe.
La ilustradora francesa Emma Clit democratizó este concepto a través de las redes sociales, retratando escenas cotidianas con tanta realidad que llegaba a parecer humor negro, pero no lo es. El concepto se volvió casi universal entre quienes lo leyeron, porque describía algo que vivíamos en silencio: no solo hacemos más, sino que cargamos con el rol de gestionarlo todo, incluso cuando lo ejecuta otra persona.
Esa carga no se apaga cuando estoy jugando con mi hija. Sigue corriendo de fondo, como una aplicación abierta que consume batería aunque no la esté mirando. Y sabemos que esa carga la llevamos, en su mayoría, las mujeres, porque así se ha organizado históricamente el trabajo de sostener la casa, la crianza y el cuidado.
La carga mental sigue corriendo de fondo, como una aplicación abierta que consume batería aunque no la esté mirando.
Quisimos creer que la tecnología resolvería esto, y en parte lo empeoró. Nos conectó con todo menos con lo que tenemos al frente, y nos creó necesidades nuevas que antes ni sabíamos que teníamos. Buena parte de las herramientas que usamos todos los días no están diseñadas para devolvernos tiempo, sino para quedarse con la mayor cantidad de atención posible, porque ese es su negocio. Cada notificación, cada scroll infinito, cada aviso que interrumpe, compite por el mismo recurso limitado que necesito para estar realmente presente con mi hija. Es el resultado de un diseño que decidió, en algún punto, que capturar nuestra atención es más rentable que protegerla.
Capturar nuestra atención es más rentable que protegerla.
Pero no creo que el problema sea la tecnología en sí, sino que la mayoría fue construida con el objetivo equivocado: mide su éxito en cuánto tiempo logra retenernos, no en cuánto tiempo nos devuelve. Una red social gana cuando me quedo diez minutos más de los que quería quedarme. Un buen mapa, en cambio, gana cuando me lleva rápido a destino y deja de pedirme atención. Son dos lógicas opuestas, y hemos normalizado que buena parte de la tecnología que más usamos responda a la primera. Pero existe la otra: una que en lugar de extraer atención, la libere. Una que se haga cargo silenciosamente de lo que no requiere que yo esté presente, sin pedirme nada a cambio, para que pueda estar presente en lo que sí lo requiere.
Yo no quiero un robot que me quite el tiempo con mi hija. Quiero uno que lave la loza, para tener más tiempo de jugar con ella.
Y sé que esto no me pasa solo a mí. Le pasa, en mayor o menor medida, a la mayoría de las mujeres que conozco. Y le pasa, multiplicado, a quienes eligieron una profesión donde estar presentes no es un plus, sino el corazón del trabajo: las educadoras de párvulos.
Cuando mi hija entró al jardín, me reconocí en muchas de ellas: mujeres que trataban de dar lo mejor de sí con la cabeza abombada de información, y que, sin embargo, lo hacían mucho mejor que yo, porque disimulaban muy bien. Es fácil sentir que se les puede exigir, porque es la profesión que eligieron y porque están a cargo de lo que más queremos: nuestros hijos. Pero pronto entendí que lo que había que hacer no era exigir más, sino apoyarlas, devolverles aunque fuera un granito de todo lo que ellas les daban a nuestros hijos cada día.
Lo que había que hacer no era exigir más, sino apoyarlas.
Esa idea, la de devolverles aunque fuera un poco de todo lo que ellas entregaban, es la que llevamos meses tratando de construir en Momori, porque ningún gesto individual alcanza la escala del problema. El tiempo que una educadora pasa llenando planillas y registros es tiempo que no pasa mirando a los niños que tiene al frente. Ese tiempo administrativo no debería competir con la presencia. Por eso creemos que la tecnología, bien usada, no reemplaza el vínculo. Lo hace posible. Para que las educadoras puedan quedarse, sin culpa ni apuro, en lo que realmente eligieron hacer: mirar a los niños que tienen al frente, así como yo quiero seguir mirando a la mía. Esa es, al final, la vida más lenta que busco desde hace años: no una donde hago menos, sino una donde estoy presente.
No es una vida donde hago menos, sino una donde estoy presente.
Amanda Lacalle — cofundadora de Momori.